sábado, 8 de agosto de 2015

1945: ECLOSIÓN DE UNA NUEVA ERA

La prueba Trinity, realizada a las 05:29:21 del 16 de julio de 1945, en el Desierto Jornada del Muerto (Nuevo México), fue la primera explosión nuclear de la historia. La imagen reproduce la detonación de la bomba sucedida a los 0.025 segundos, donde se aprecia la formación de una semiesfera con una altura en torno a 200 metros. © Copyright 2015 LANS, LLC.

Por Vicente A. Fontelos
 
A lo largo de la historia de la humanidad, siempre se ha entendido que uno de los pecados mortales de lo político era que la existencia de todo un pueblo fuera arrasada; incluidos la destrucción de los muros de su ciudad, el asesinato de toda la población masculina adulta y el sometimiento a la esclavitud del resto de la población. Y aunque ese hecho hubiera ocurrido antes de la Edad Moderna, es fundamentalmente en el tiempo transcurrido durante los siglos de ésta cuando dicho ejemplo de aniquilación se suponía desterrado de la acción humana. Hasta entonces, según Hannah Arendt, el poder de destruir y el poder de producir se equilibraban como en una balanza. La fuerza que destruía el mundo y ejercía violencia sobre él aún era la misma que la de nuestras manos, que intervenían vulnerando la naturaleza y aniquilaban algo natural para crear dicho mundo —por ejemplo, la tala de un árbol para obtener madera y producir alguna cosa con dicho material[1].
Pero el descubrimiento de la energía atómica podría alterar esta situación, ya que no se ponen en marcha procesos naturales sino métodos que no son terrenales. Estos procesos provienen del universo que rodea a la Tierra, y el hombre, al violentarla, ya no se comporta como un ser vivo, sino como un ser capaz de crear el universo. “El horror que se apoderó de la humanidad cuando supo de la primera bomba atómica fue el horror ante esta fuerza (en el sentido más verdadero de la palabra sobrenatural) procedente del universo”[2]. La predicción de Nietzsche, en Así habló Zaratustra: «¡Será posible! ¡Este viejo santo en su bosque no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto!», se vio de pronto confirmada.

Con Hiroshima se sobrepasó, quizá por primera vez en la Edad Moderna, "una limitación inherente a la acción violenta, limitación según la cual la destrucción generada por los medios de violencia siempre debía ser parcial, afectar sólo a algunas zonas del mundo y a un número determinado de vidas humanas pero nunca a todo un país o un pueblo entero"[3].

Si la guerra total y de aniquilación tenía su origen en los totalitarismos, a los que estaba indefectiblemente unida como única forma de adecuación a su ideología bélica de aplicación del horror; resulta paradójico que, finalizando la II Guerra Mundial,  los países gobernados de forma totalitaria impusieran esa filosofía al mundo no totalitario. Se abría ante el hombre una nueva era que, tal vez, marcaba el fin del espíritu de la Ilustración:
 
No obstante, la Edad Moderna no es lo mismo que el Mundo Moderno. Científicamente, la Edad Moderna que comenzó en el siglo XVII terminó al comienzo del XX; políticamente, el Mundo Moderno, en el que hoy día vivimos, nació con las primeras explosiones atómicas (...) El propósito del análisis histórico es rastrear en el tiempo la alienación del Mundo Moderno, su doble huida de la Tierra al universo y del mundo al yo, hasta sus orígenes, con el fin de llegar a una comprensión de la naturaleza de la sociedad tal como se desarrolló y presentó en el preciso momento en que fue vencida por el advenimiento de una nueva y aún desconocida era.[4]
 
Esa manifestación fue prontamente narrada en el periodismo y la literatura.
Como un excelente ejemplo del primer género, tenemos el artículo Hiroshima, de John Hersey, publicado en la edición del 31 de agosto de 1946 de The New Yorker y después en formato de libro. El título del capítulo primero, “A Noiseless Flash” y, el final del primer párrafo,  son suficientes para describir ese pavor que se abría ante la nueva Era:
 
La bomba atómica mató a cien mil personas, y estas seis estuvieron entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad —un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro— que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada.[5]
 
Como ejemplo del impacto en la literatura, apaleamos a Les mandarins, de Simone de Beauvoir, publicada en 1954 y ganadora del Premio Goncourt. Una parte de la novela se desarrolla en coincidencia temporal con dicho momento histórico. Los personajes se enteran, a través de unos titulares periodísticos, del lanzamiento de la primera bomba atómica sobre Hiroshima y quedan horrorizados. Posteriormente, dos de ellos mantienen un diálogo sobre las dudas surgidas en torno al ejercicio de la literatura en esos malos tiempos. Mientras uno se muestra completamente escéptico con respecto a su utilidad; el otro justifica su existencia, no como un acto narcisista de contar historias propias—aunque sean miserables o patéticas—, sino como acto de creación que ayude en el encuentro y la conciliación con otros seres humanos.
 
—¿No puedo leer algunas páginas de su manuscrito? ¿En qué está exactamente?
—preguntó Enrique aquella tarde en que sentado a la sombra de un café en Valencia [Francia] esperaban que el calor cediera.
—Escribo un capítulo sobre la idea de cultura —dijo Dubreuilh—; ¿qué quiere decir ese hecho de que el hombre no pare de hablar de sí mismo? ¿Y por qué ciertos hombres deciden hablar de otros? En otros términos, ¿qué es un intelectual? ¿Esta decisión no hace de ellos una especie aparte? ¿Y en qué medida la humanidad puede reconocerse en la imagen que se da de sí misma?
—¿Y cuál es su conclusión? —dijo Enrique—. ¿Qué la literatura conserva un sentido?
—Por supuesto.
—¡Escribir para demostrar que uno tiene razón! —dijo Enrique riendo—. Es maravilloso. Dubreuilh lo miró con curiosidad:
—Vamos, usted volverá a empezar uno de estos días.
—No hoy en todo caso —dijo Enrique.
—Hoy o mañana, qué importancia tiene.
—Tampoco será para mañana.
—¿Pero por qué? —dijo Dubreuilh.
—Usted escribe un ensayo, es distinto; pero escribir una novela en este momento, admita que es descorazonador.
—¡No lo admito! Y nunca he comprendido por qué ha abandonado la suya.
—Es por su culpa —dijo Enrique sonriendo.
—¡Cómo mi culpa! —Dubreuilh se volvió con indignación hacia Ana—. ¿Lo oyes?
—Usted me predicó la acción: y la acción me asqueó de la literatura —Enrique hizo una seña al camarero, que dormitaba de pie contra la caja—. Quisiera otra cerveza. ¿Usted no?
—No, tengo demasiado calor —dijo Ana.
Dubreuilh hizo sí con la cabeza:
—Explíquese —repitió.
—¿Qué cuerno le importa a la gente lo que yo pienso o lo que yo siento? —dijo Enrique—. Mis miserables historias no interesan a nadie; y la gran historia no es un tema de novela.
—Pero todos tenemos nuestras pobres historias que no interesan a nadie —dijo Dubreuilh—; por eso nos encontramos en las del vecino, y si sabe contarlas, finalmente interesa a todo el mundo.
—Eso es lo que yo pensaba al empezar mi libro —dijo Enrique. Tomó un trago de cerveza. No tenía ganas de explicarse. Miró a los dos viejos que jugaban al chaquete en el extremo de la banqueta roja. ¡Qué paz en esa sala de café; otra mentira! Hizo un esfuerzo para hablar. Lo fastidioso —dijo— es que la parte personal de una experiencia, son errores, espejismos.
—No veo lo que quiere decir —dijo Dubreuilh.
Enrique vaciló:
—Supongamos que usted ve luces, de noche, al borde del agua. Es lindo. Pero cuando sabe que iluminan suburbios donde la gente revienta de hambre, pierden toda su poesía, no es sino una ilusión óptica. Usted me dirá que se puede hablar de otra cosa; por ejemplo: de esa gente que revienta de hambre. Pero entonces prefiero referirme a ella en mis artículos o en un mitin.
—Yo no le diría eso de ninguna manera —dijo Dubreuilh vivamente—. Esas luces brillan para todo el mundo. Evidentemente, primero es necesario que la gente coma; pero de nada sirve comer si nos suprimen todas las pequeñas cosas que dan placer a la vida. ¿Por qué viajamos? Porque pensamos que los paisajes no son ilusiones ópticas.
—Pongamos que un día todo eso recobrará un sentido —dijo Enrique—. ¡Por el momento hay tantas cosas más importantes!
—Pero eso tiene un sentido hoy —dijo Dubreuilh—. Cuenta en nuestras vidas, entonces tiene que contar en nuestros libros —agregó con brusca irritación—. ¡Parecería que la izquierda está condenada a una literatura de propaganda en la cual cada palabra debe ser edificante!
—Ah, no me gusta ese género de literatura —dijo Enrique.
—Ya lo sé, pero no ensaya otra cosa. ¡Sin embargo, hay de qué ocuparse! —Dubreuilh miró a Enrique con aire apremiante—. Por supuesto, si escribe haciendo maravillas sobre esas lucecitas, olvidando lo que significan, uno es un cochino; pero justamente: encuentre una manera de hablar de ellas que no sea la de los estetas de derecha; haga sentir a la vez lo que tienen de lindo y la miseria de los suburbios. Eso debería proponerse una literatura de izquierda —agregó con voz animada—, hacernos ver las cosas con una nueva perspectiva, reponiéndolas en su lugar verdadero; pero no empobrezcamos el mundo. Las experiencias personales, lo que usted llama espejismos, existen. [6]
[1] Arendt, Hannah. ¿Qué es la política? Ed. Paidós, Barcelona, 1997, pág. 105.
[2] Ibid., pág., 103.
[3] Ibid., pág., 101.
[4] Arendt, Hannah. La condición humana. Barcelona. Paidós, 1993, pp. 18-19.
[5] Hersey, John. Hiroshima, Ed. Turner, Madrid, 2002.
[6] Beauvoir, Simone de. Los Mandarines. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1968.